Columna de Opinión

Álvaro Bardales y el rigor de la ASF


En tiempos donde la fiscalización suele mezclarse con el ruido político, la postulación de Álvaro Bardales para encabezar la Auditoría Superior de la Federación abre una discusión de fondo: ¿quién debe vigilar el uso del dinero público y bajo qué principios?
Con 35 años dedicados a la auditoría, Bardales no llega como improvisado. Es contador público certificado por el Instituto Mexicano de Contadores Públicos, maestro en Derecho Fiscal y doctor en Ciencias Fiscales. Su trayectoria ha estado ligada, de principio a fin, al terreno técnico de la fiscalización. Hoy funge como Contralor del Estado de Hidalgo y ocupa una vicepresidencia nacional dentro del propio IMCP en el sector gubernamental.
No es la primera vez que busca la titularidad de la ASF. Hace ocho años ya lo intentó. La diferencia, dice, es la experiencia acumulada y una visión más depurada del papel que debe jugar el órgano superior de fiscalización en el país.
Su postura es clara y, en cierto sentido, incómoda para la lógica política: la auditoría no es tribuna ni herramienta de presión; es método, evidencia y conclusión. Bajo esa premisa, sostiene que la ASF necesita conducción técnica, no protagonismo discursivo.
Hay otro punto relevante en su planteamiento: la naturaleza misma de la auditoría superior. Bardales insiste en que no es una instancia preventiva. La prevención corresponde al control interno; la auditoría, en cambio, revisa, determina y, cuando procede, sanciona. Es un matiz que parece menor, pero redefine expectativas y responsabilidades.
En el fondo, su candidatura pone sobre la mesa una discusión más amplia: si el máximo órgano de fiscalización debe estar encabezado por un perfil estrictamente contable y técnico, o si el entorno político terminará imponiendo otras variables.
La decisión recaerá en la Cámara de Diputados. Pero más allá del nombre que resulte electo, lo verdaderamente trascendente será definir si la ASF seguirá orbitando en la narrativa política o si recuperará el centro en lo que Bardales resume en tres palabras: independencia, ética y rigor.

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