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Marco Mendoza regresa al frente del PRI Hidalgo con una apuesta de unidad y reconstrucción

Cuando un partido pierde el poder, enfrenta una decisión inevitable: resignarse a la nostalgia o reinventarse para competir nuevamente. El PRI de Hidalgo parece haber elegido el segundo camino. La llegada de Marco Antonio Mendoza Bustamante y Jenny Márquez a la dirigencia estatal no representa únicamente un movimiento interno; simboliza el intento más serio del priismo hidalguense por reorganizarse, recuperar presencia territorial y volver a colocarse en la conversación política rumbo a las elecciones de 2027 y 2028.

Después de años complejos para el priismo hidalguense, marcados por la pérdida del gobierno estatal, la reconfiguración del mapa político y la salida de cuadros relevantes hacia otras fuerzas partidistas, el PRI enfrenta uno de los desafíos más importantes de su historia reciente: demostrar que sigue siendo una fuerza con capacidad de organización, representación y competencia electoral.

La llegada de Mendoza y Márquez a la dirigencia estatal no ocurrió en medio de una disputa interna ni de una confrontación de grupos. Por el contrario, su registro como fórmula única fue presentado como el resultado de un ejercicio de unidad que reunió a militantes, sectores y liderazgos de distintas regiones de la entidad. La marcha que acompañó su registro y la presencia de cientos de simpatizantes enviaron un mensaje claro: el partido busca mostrar músculo territorial y cohesión en un momento donde muchos daban por descontada su irrelevancia política.

No es un dato menor. Desde que asumió la conducción del PRI estatal en una de sus etapas más difíciles, Marco Antonio Mendoza se convirtió en uno de los principales responsables de mantener viva la estructura partidista. Mientras otros optaron por abandonar el barco, el dirigente apostó por recorrer municipios, fortalecer comités y reconstruir una narrativa de resistencia política en la oposición.

La estrategia parece haber tenido un objetivo específico: preservar la base partidista mientras el escenario político terminaba de reacomodarse. Hoy, con una nueva dirigencia formalmente instalada, esa etapa de contención parece haber quedado atrás. El reto ya no es únicamente resistir; el reto es crecer.

Las palabras pronunciadas durante su toma de protesta reflejan esa intención. Cuando Mendoza afirma que “el PRI está de pie, el PRI está vivo”, no solamente habla hacia el interior de su militancia. Habla también hacia el electorado hidalguense y hacia sus adversarios políticos. Es una declaración de supervivencia, pero también una declaración de competencia.

Sin embargo, los discursos por sí solos no recuperan la confianza ciudadana. El verdadero desafío para la nueva dirigencia será demostrar que el PRI aprendió de los errores que lo llevaron a perder el poder y que es capaz de construir una alternativa política acorde con las demandas actuales de la sociedad hidalguense.

La ruta hacia 2027 y 2028 será decisiva. En esos procesos se pondrá a prueba la eficacia de la estrategia territorial, la capacidad para construir candidaturas competitivas y, sobre todo, la posibilidad de reconectar con sectores sociales que en los últimos años optaron por otras opciones políticas.

Marco Antonio Mendoza y Jenny Márquez encabezan un partido que ha sobrevivido a una de sus etapas más difíciles. Lo que ocurra a partir de ahora determinará si esa supervivencia fue únicamente una resistencia temporal o el inicio de una verdadera reconstrucción política.

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