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Río Amajac: entre la preocupación y la urgencia de rescatar un afluente vital para la región

Lo que durante años ha sido fuente de vida para decenas de comunidades hoy genera preocupación. Habitantes de localidades cercanas al río Amajac han comenzado a notar cambios en el agua: olor, color y presencia de residuos que afectan su uso cotidiano.

Ante estos reportes, autoridades estatales y federales iniciaron recorridos en la zona para evaluar las condiciones reales del afluente, en un intento por dimensionar un problema que, lejos de ser reciente, se ha acumulado con el paso del tiempo.

Los primeros diagnósticos revelan un panorama complejo. A lo largo de su trayecto, el río recibe al menos 65 descargas de aguas residuales, muchas de ellas provenientes de viviendas, servicios y pequeñas localidades que no cuentan con sistemas de tratamiento funcionales. De hecho, casi la mitad de las plantas registradas en la región no están operando.

A esto se suman otros factores que poco a poco han deteriorado la calidad del agua: la actividad turística en puntos como Santa María Amajac y Tolantongo, el uso de agroquímicos en zonas agrícolas como la Vega de Metztitlán, y prácticas locales como el uso de fosas sépticas, la quema de terrenos y la pérdida de vegetación.

Para quienes viven cerca del río, el impacto no es menor. El Amajac no solo forma parte del paisaje, también es utilizado para actividades domésticas, agrícolas y en algunos casos recreativas. Su deterioro representa una afectación directa a la vida diaria.

Frente a este escenario, se ha planteado una estrategia que busca ir más allá de una solución inmediata. Entre las acciones previstas están el saneamiento del agua, la reforestación de zonas dañadas, el manejo adecuado de residuos y el impulso de alternativas como biodigestores para reducir la contaminación.

También se contempla la realización de estudios más precisos sobre la calidad del agua, así como la instalación de una mesa de coordinación entre autoridades y municipios para dar seguimiento puntual al problema.

El reto no es menor. Con más de 300 kilómetros de extensión, el río Amajac es uno de los principales ejes hídricos de la Sierra Gorda hidalguense. Su recuperación no solo depende de acciones de gobierno, sino también de cambios en la forma en que se habita y se cuida el entorno.

Hoy, más que un anuncio, lo que está en juego es la posibilidad de recuperar un río que durante generaciones ha sido parte esencial de la vida en la región.

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