La devastación provocada por las lluvias recientes en Hidalgo es grave y profunda: con un impacto estimado entre 7,500 y 8,000 millones de pesos, según lo señalado por el gobernador Julio Menchaca Salazar, la magnitud del golpe al tejido social y a la infraestructura es imposible de ignorar. A la par, se plantea la difícil decisión de posponer o reconfigurar las celebraciones decembrinas: la tradicional cabalgata de Reyes y la pista de hielo podrían suspenderse, y en su lugar realizarse un evento más austero en el Parque Cultural Hidalguense, con recursos reorientados hacia lo urgente.
Ese doble anuncio manda un mensaje claro: reconstruir no es solo recoger escombros, sino repensar prioridades. Afectaciones en 33 puentes, decenas de caminos destruidos y 236 comunidades aisladas, de las cuales aún seis permanecen sin acceso vehicular, muestran que el Estado no enfrenta solo una crisis física, sino también humanitaria. La administración estatal asegura que colabora en estrecha coordinación con instancias federales y diversas dependencias —Sedatu, IMSS-Bienestar, el Servicio Geológico Mexicano— para restablecer la normalidad y diseñar una estrategia de reconstrucción basada en diagnóstico técnico y priorización del riesgo.
Un tema particularmente sensible es el de la reubicación de familias. Menchaca ha subrayado que no siempre es viable reconstruir “en el mismo sitio”: el terreno de muchas zonas ya no es seguro. Se han puesto a disposición predios estatales, y se analizan tanto terrenos ejidales como comunales o de propiedad nacional, pero solo los que cumplan criterios técnicos y legales serán considerados para trasladar a las personas. Esta estrategia, aunque necesaria, debe ir acompañada de una escucha genuina: la presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que cualquier reubicación debe contar “con el consenso de los habitantes”. Además, hay casos dramáticos: Menchaca ha hablado de comunidades que “ya no podrán ser habitadas”, como Chapula en Tianguistengo, tras los deslaves.
Desde el punto de vista social y político, es relevante cómo se maneje esa reubicación. No basta con ofrecer un terreno seguro: debe garantizarse que las nuevas comunidades cuenten con infraestructura, servicios básicos, acceso carretera, salud y educación. Si la reconstrucción solo replica el antiguo modelo, se corre el riesgo de repetir los mismos errores de asentamiento en zonas vulnerables.
La propuesta de cancelar algunas actividades costosas —como la cabalgata o la pista de hielo— para destinar esos recursos a rehabilitación es razonable, incluso valiente. Menchaca ha explicado que el presupuesto debe redirigirse hacia lo esencial: caminos, puentes, escuelas y viviendas dañosas. No obstante, la cultura y el espíritu comunitario también importan, especialmente en una crisis: un evento más modesto en el Parque Cultural Hidalguense podría ser un símbolo de resiliencia, pero debe diseñarse para mantener esperanza y comunidad, no para castigar el disfrute.
La respuesta al desastre exige algo más que dinero: exige visión. Si bien se ha hecho un esfuerzo importante para restablecer vialidades —la SICT reporta el restablecimiento del paso en más de doscientas localidades afectadas. , el verdadero desafío está en edificar no solo puentes de concreto, sino puentes sociales entre el gobierno y los damnificados, entendiendo sus necesidades, respetando su dignidad y garantizando su participación en las decisiones.
Reconstruir debería también ser una oportunidad para transformar. Las lluvias han mostrado las debilidades del modelo territorial actual: sin acceso, sin servicios y, en algunos casos, sin seguridad geológica. Hidalgo tiene ahora la oportunidad de trazar un nuevo mapa: uno donde las comunidades sean seguras, donde el crecimiento no vulnerabilice, y donde cada peso invertido en infraestructura realmente valga para proteger vidas.
Sí, la factura es millonaria, pero no es solo un gasto: es una inversión para un futuro más resiliente. Lo que está en juego no es solo reconstruir lo que se derrumbó, sino construir una Hidalgo más fuerte, más unido y más justo. Si el gobierno logra traducir los recursos y las decisiones en reconstrucción con alma, entonces podrá decir con razón que esta crisis fue no solo un golpe, sino un punto de inflexión.
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