Llega el 31 de diciembre y, como cada año, nos convertimos en expertos en rituales. No importa si creemos o no, lo importante es no quedarnos con la duda. Porque ¿y si sí funciona y tú no lo hiciste?
El arranque oficial es con las 12 uvas, donde pides deseos a toda velocidad, te atragantas un poco y terminas brindando sin saber qué pediste, pero con mucha fe.
Luego viene el momento cardio: correr con la maleta. No importa si es por la cuadra, la sala o el patio, lo importante es que el universo te vea sudando y diga: “este sí quiere viajar”.
Para atraer dinero, los clásicos quedan cortos. Hay quienes se meten monedas en los zapatos, otros guardan billetes en la cartera desde la medianoche y los más extremos hasta abrazan al que sí trae lana, no por cariño, sino por energía.
Las lentejas no pueden faltar: una cucharada para la abundancia, dos para el antojo y tres porque ya estás ahí. Frías, calientes o directo de la olla, no se cuestiona la tradición.
La ropa interior merece capítulo aparte: roja para el amor, amarilla para el dinero, blanca para la paz… y combinada para quienes no saben qué pedir pero lo quieren todo.
Si el año estuvo pesado, aplica el ritual terapéutico: escribe todo lo malo, rómpelo, quémalo y mándalo lejos, junto con el ex, las deudas y las malas vibras.
¿Quieres cambios? Mueve los muebles, aunque sea la silla, la maceta o al tío dormido. Lo importante es mover la energía… y despertar a alguien.
Y para cerrar con broche de oro, brinda, ríe y abraza. Porque al final, ningún ritual supera empezar el año con buena actitud, gente querida y la esperanza intacta.
Hazlos todos. Total, el ridículo es gratis… y la fe también.
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